Agua en los centros de datos es una frase que suena a error, pero describe el corazón de la nube. Cada búsqueda, cada video y cada respuesta de un asistente de inteligencia artificial sale de edificios llenos de servidores que trabajan sin pausa, y mantenerlos fríos cuesta, en buena parte, agua que se evapora. La respuesta corta es física pura: el cómputo produce calor, y evaporar agua es la manera más barata y eficiente de expulsar ese calor a gran escala. El consumo de agua de la inteligencia artificial convirtió ese gasto técnico en tema público el día que se supo la escala: un centro de datos grande puede superar en un día pico el millón de galones evaporados, cerca de cuatro millones de litros.
El calor no descansa: cada servidor es una estufa
Un servidor convierte en calor casi toda la electricidad que consume, y dentro de estos edificios hay miles funcionando a la vez, todos los días del año. Un bastidor tradicional disipa entre 15 y 80 kilovatios de forma continua; los bastidores de inteligencia artificial, cargados de procesadores gráficos, rebasan los 100 kilovatios por unidad. Si ese calor no sale de la sala, los chips reducen su rendimiento para protegerse o se apagan por completo, y con ellos caen los servicios que la gente usa sin pensar en la infraestructura que los sostiene.
Por eso el enfriamiento nunca se detiene. En instalaciones ubicadas en climas calientes el esfuerzo crece, porque el aire exterior ayuda poco y el sistema debe trabajar el doble para mantener las salas en temperatura segura. Cada grado cuenta: una sala más caliente obliga a gastar más energía en enfriar o más agua en evaporar, y esa cuenta la paga el operador cada hora, no una vez al año.
La evaporación hace el trabajo pesado
El sistema dominante en los centros grandes usa torres de enfriamiento. El agua circula por la instalación, recoge el calor de los equipos y una parte se evapora dentro de las torres, llevándose la energía térmica hacia el aire. Funciona como el sudor sobre la piel: el cuerpo se enfría porque el agua se va en forma de vapor. La clave está justo ahí. Cerca del 80 % del agua que entra a un sistema de este tipo se pierde en el aire, y el resto sale como purga, porque los minerales se concentran en el agua que queda y hay que renovarla. No es agua prestada que regresa al río: es agua consumida.
La alternativa existe y se conoce bien: enfriar con aire y refrigeración mecánica gasta mucha más electricidad. Ahí vive el dilema de fondo del sector, ahorrar energía cuesta agua y ahorrar agua cuesta energía. La industria mide esa tensión con una sigla, el WUE, que cuenta los litros consumidos por cada kilovatio hora de cómputo, y con ella compara instalaciones entre sí.
Buena parte de esa agua sale de la red municipal, la misma que abastece a los hogares de la zona, y en regiones con sequía la competencia es directa. Por eso el consumo dejó de ser un dato interno de ingeniería: vecinos y alcaldías piden las cifras antes de aprobar cada proyecto nuevo, y las empresas empezaron a publicarlas.
Las cifras ayudan a dimensionar el asunto. Los centros de datos de Estados Unidos ya consumían unos 449 millones de galones diarios en 2021, y un informe del Laboratorio Nacional Lawrence Berkeley proyecta que el uso directo de agua del sector podría multiplicarse entre dos y cuatro veces para 2028 frente a los niveles de 2023, empujado por la expansión de la inteligencia artificial. Un equipo de la Universidad de California en Riverside, encabezado por el investigador Shaolei Ren, calculó que para 2030 esas instalaciones podrían demandar entre 2,6 y casi 10 mil millones de litros diarios, un volumen comparable al suministro de agua de cada día en la ciudad de Nueva York.
La otra factura corre por el cable
A esa agua visible se suma otra que casi nadie cuenta: la que consumen las plantas que generan la electricidad. Las termoeléctricas de gas, de carbón y las nucleares usan agua en sus propios procesos de enfriamiento, de modo que la huella hídrica de un centro de datos empieza mucho antes de su cerca. El sector lo sabe y mueve ficha: enfriamiento líquido directo al chip en circuito cerrado, diseños nuevos de Microsoft que desde 2024 eliminan la evaporación en sus centros futuros, aire exterior en climas fríos y agua reciclada no potable en zonas secas. Ren y sus colegas piden además transparencia con la demanda pico, no solo con el promedio anual, porque los sistemas municipales se dimensionan para el peor día del año, no para el promedio.
El debate ya llegó a los ayuntamientos. Comunidades de todo Estados Unidos, incluidas varias de Pensilvania, discuten ordenanzas y permisos preguntando primero por el agua y después por todo lo demás. El próximo centro de datos que se anuncie cerca de cualquier pueblo se va a medir con dos varas: los megavatios que promete y los litros que se toma.
Fuente: Gizmodo en Español
Foto: Gizmodo en Español