Por: J.C. Malone
En política es más importante cómo terminas que cómo empiezas. Los esbirros de Trujillo lo mataron, y terminaron como “héroes nacionales”. Francisco Alberto Caamaño, empezó dejando 800 cadáveres tendidos cuando aplastó un movimiento de religiosidad popular en 1962, lo llamaron el “Héroe de Palmasola”. Luego terminó como “el coronel de abril, el héroe de Playa Caracoles”.
Adriano Espaillat fue el primer dominicano en la asamblea y el Senado estatal en Albany, y en el Congreso de los Estados Unidos. También el primer dominicano que intentó linchar en público a una joven dominicana, menor que su hija, Natalia Espaillat Madera.
Adriano atizó el antihaitianismo, un racismo disfrazado de patriotismo contra Darializa Ávila Chevalier. Mintieron sobre su nacionalidad “haitiana” para ametrallarla con antihaitianismo.
Darializa es mayor que Adrianito, menor que Natalia, los hijos de Adriano. La gente los señalará como hijos del representante de negros y latinos, quien montó una asquerosa, nauseabunda y divisionista campaña racista.
A Darializa le gritan “haitiana”, a Natalia y Adrianito Espaillat Madera le gritarán “racistas”, todo gracias a la campaña racista de su padre, Adriano Espaillat.
La empatía nos permite vernos en los ojos del prójimo; ver a nuestras hijas y nietas en cada joven mujer, en cada niña. Los “amigos” de Jeffrey Epstein no tenían empatía; nunca vieron a sus nietas en las niñas abusadas. ¿Adriano tiene o conoce la empatía?
Adriano debe disculparse públicamente con Darializa y la comunidad. Ella ganó con decencia, como toda una dama, sin insultos ni mentiras. Si Adriano no se disculpa, autorizará que linchen a nuestras hijas si intentan postularse a una oficina pública.
Adriano cargará con su mancha racista indeleble por el réquiem eterno.
Quizá Adriano quiera disculparse, pero su ego se lo impide. Quizá Adriano no tiene humildad, humanidad, ni empatía, es entendible, José José lo explicó: “uno no es lo que quiere, sino lo que puede ser”.
Adriano se pasó 30 años en la piscina, cuando le dijeron que saliera, envenenó el agua con odio, rencores, racismo y divisiones irreconciliables. Fue un “ni pa’ mí, ni pa’ nadie, que se j*da to’”. Repitió a Luis XV: “Después de mí, el diluvio”. Nada tiene importancia. Está claro, Adriano nunca pedirá disculpas.