Por Lic. César Fragoso Asesor inmobiliario
Durante muchos años, en el mundo inmobiliario repetimos una frase casi como una ley: ubicación, ubicación y ubicación. Y aunque sigue siendo válida, hoy esa idea ha evolucionado. En el Gran Santo Domingo, la verdadera ubicación ya no se mide solo en metros o direcciones, sino en tiempo, conectividad y calidad de vida. El tapón, lejos de ser solo un problema de tránsito, se ha convertido en un factor que influye directamente en el valor de las propiedades.
Hoy, el comprador ya no se limita a preguntar cuántos metros tiene una vivienda. También analiza cuánto tiempo tarda en llegar al trabajo, a la escuela, a los servicios básicos o a sus espacios de recreación. Dos propiedades similares pueden tener valores reales muy distintos dependiendo de la movilidad que ofrecen. El tiempo se ha convertido en una parte invisible, pero determinante, del precio.
El crecimiento urbano del Gran Santo Domingo no ha sido uniforme. Existen zonas consolidadas donde se concentran oficinas, comercios, clínicas y centros educativos, y otras zonas más residenciales donde predominan urbanizaciones familiares. Ambos modelos siguen siendo válidos, siempre que cuenten con una conectividad adecuada que permita integrarlos al resto de la ciudad.
En ese contexto, las facilidades de transporte han adquirido un valor estratégico. La ampliación de vías, los corredores de transporte, la mejora en rutas de autobuses y el fortalecimiento de sistemas colectivos han comenzado a redefinir muchas áreas. Sectores que antes parecían lejanos hoy resultan atractivos gracias a una mejor accesibilidad.
El vehículo privado continúa siendo importante, pero ya no es el único protagonista. La combinación entre automóvil, transporte público, caminabilidad y servicios cercanos ha creado nuevos patrones de movilidad. Zonas con múltiples opciones de desplazamiento tienden a mantener su valor y atraer tanto a residentes como a inversionistas.
Además, el crecimiento del trabajo remoto y los horarios flexibles ha ampliado las posibilidades residenciales. Muchas personas ya no necesitan trasladarse diariamente al mismo punto, lo que permite considerar sectores antes descartados. Esto ha fortalecido áreas residenciales y ha generado nuevas oportunidades inmobiliarias.
Desde el punto de vista de la inversión, esta realidad representa una ventaja. No existe una única ubicación ideal, sino ubicaciones que funcionan mejor según el perfil del comprador o del inquilino. Un apartamento céntrico puede ser perfecto
para alquiler corporativo, mientras que una vivienda periférica bien conectada puede ser ideal para familias.
El congestionamiento también ha impulsado desarrollos más integrados. Han surgido proyectos con comercios, oficinas, servicios y espacios recreativos dentro del mismo entorno. Esta mezcla reduce desplazamientos, mejora la calidad de vida y fortalece el valor de las propiedades en el tiempo.
El mercado inmobiliario se ha vuelto más exigente. Ya no basta con un diseño atractivo. Se valora la planificación, el acceso, el parqueo, la seguridad, la integración urbana y la sostenibilidad. Este cambio beneficia al comprador y eleva el nivel general del sector.
Las familias toman hoy decisiones más conscientes. Evalúan cuánto tiempo pasarán en el tránsito, cuánto podrán compartir con sus hijos y cómo evolucionará la zona donde viven. Estas variables influyen directamente en la estabilidad residencial y en la facilidad de alquiler o reventa.
Para el inversionista, el análisis debe ser aún más completo. Importa el entorno, las mejoras viales proyectadas, la cercanía a servicios y la evolución del transporte. Invertir considerando estos factores permite anticipar oportunidades y reducir riesgos a largo plazo.
En el Gran Santo Domingo, el valor de una propiedad ya no lo define solo su dirección. Lo define el bienestar, la funcionalidad y las oportunidades que ofrece. Hoy, el metro cuadrado se mide también en minutos. Y entender ese equilibrio es la clave para invertir con inteligencia en el presente y en el futuro.