El peso de la cruz

  Por: Homero Luciano


​Desde hace algún tiempo acostumbro, en esta época, a hacer un alto en el camino para evocar lo que los hombres y mujeres de fe conmemoramos: la pasión y muerte en la cruz de nuestro Señor Jesucristo. Es un ejercicio de memoria y espíritu que nos invita a mirar más allá de lo cotidiano.

Arbitrariamente, he hecho mías las «Luces Encendidas» del Reverendo Miguel Limardo, un devocionario que leo a diario desde hace muchos años. En la lectura destinada al 25 de marzo, se relata un suceso en Oberammergau, Alemania, donde desde 1634 sus habitantes cumplen el voto de escenificar el drama del Calvario en gratitud por haber sobrevivido a la peste bubónica.

Al clausurar una de estas representaciones, algunos turistas solicitaron permiso para inspeccionar el escenario. Allí, los visitantes coincidieron con el célebre actor Anton Lang, quien por algún tiempo, y con una destreza única, personificó a Jesús en esa obra histórica. Una de las turistas pidió permiso para que su esposo pudiera fotografiarse cargando la cruz utilizada en la escena.

Lang se lo concedió, pero cuando el hombre intentó levantar el madero, se estremeció; su peso era excesivo. Sorprendido, le preguntó al actor por qué utilizaban una pieza tan pesada en una representación teatral. La respuesta de Lang fue contundente: “Si yo no sintiera de veras el peso de la cruz, no podría desempeñar con acierto el papel que me corresponde”.

Esta capacidad de percibir, compartir y comprender el dolor ajeno es lo que conocemos como empatía. Era precisamente ese sentimiento el que permitía a Lang trascender la actuación para convertirla en testimonio. Al reflexionar sobre este relato, comprendemos el sacrificio de Jesús y la urgencia en nosotros de colocarnos en el lugar del otro para entender su propia carga.

Amar al prójimo como a nosotros mismos implica estar dispuestos a sentir la pesadumbre que agobia al hermano. Jesús no llevó una cruz de utilería; llevó el peso real de nuestra humanidad para otorgarnos, por gracia, el perdón. En un mundo que camina de prisa y con la mirada baja, la Semana Santa nos interroga sobre nuestra disposición de ayudar como Simón de Cirene  a levantar cruces ajenas.

La fe, sin esa sensibilidad por el sufrimiento del prójimo, corre el riesgo de volverse tan liviana como una cruz de cartón. Hoy, Jesucristo vive; ha resucitado. Es tiempo de seguirle sin titubeos y pedirle que nos ilumine para honrar y predicar con su ejemplo: “Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).

 

Nota: Este artículo, que forma parte de la obra “Acopio”, se publica nuevamente en esta Semana Santa con revisiones del autor para enriquecer su vigencia y mensaje.

 


Dr. Apolinar Fco. (Homero) Luciano
Presidente Organización Latino-Americana de Asistencia Social (OLAS)
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